"No había previsto que la
novela asumiría una existencia propia, ni que, en lugar de ser un desafío
literario, se convirtiera en una amenaza para los míos. Desde el punto de vista
de los gobernantes de mi país, a la novela, como al ave, había que expulsarla
de la bandada. Después de atrapar el pájaro, pintarle las plumas y soltarlo, me
limité a hacerme a un lado y observar como producía sus estragos. Si hubiera sospechado cuál sería su destino, quizá no
lo hubiera escrito. Pero el libro, como el niño, ha soportado los ataques. El
ansia de sobrevivir se desencadena por razones intrínsecas. ¿Acaso es posible
mantener más prisionera a la imaginación que al niño?"
"Olga sospechaba que yo era un
vampiro y alguna que otra vez me lo decía. Para frenar los deseos de mi
espíritu maligno y para impedir que se metamorfoseara en un espectro o un
fantasma, preparaba todas las mañanas un elixir amargo que yo debía beber
mientras comía un trozo de carbón frotado con ajo."
"Olga me encontró en medio de la enardecida
bandada de cuervos. Me hallaba semicongelado y mi cabeza estaba profusamente lacerada por los picotazos. se
apresuró a desenterrarme.
Al cabo de varios día recuperé la salud. Olga dijo
que la tierra fría había succionado mi mal. agregó que la enfermedad había sido
recogida por una multitud de fantasmas transformados en cuervos que habían
probado mi sangre para asegurarse de que yo era uno de los suyos. Ésta era la
única razón, afirmó, por la que no me habían arrancado los ojos."
"Así, después de muchos años,
la víctima castigó al verdugo y triunfó la justicia. En consecuencia, imperaba
la convicción de que ni la lluvia, ni el fuego, ni el viento, podrían borrar
jamás la mancha de un crimen. Por que la justicia se cierne sobre el mundo como
un gigantesco martillo alzado por un brazo poderoso, que debe aguardar un
momento antes de caer con fuerza terrible sobre el yunque que no espera el
golpe. Como acostumbraban a decir en las aldeas, hasta el pelo más delgado hace
sombra en el suelo".
"El oficial me estudió
detenidamente. Me sentí como una oruga aplastada, destilando jugo sobre el
polvo: un ser que no puede hacer daño a nadie y que sin embargo inspira odio y
repugnancia. En presencia de ese hombre rutilante, armado con todos los
símbolos del poder y majestad, me sentía auténticamente avergonzado de mi
aspecto. No habría podido objetar que me matara. Miré la hebilla ornamentada de
su cintura oficial, que se hallaba exactamente a la altura de mis ojos, y
aguardé su decisión".
"Poco importaba la mudez: de
todas maneras los seres humanos no se entendían. Chocaban con sus prójimos o
los seducían, se abrazaban o se pisoteaban los unos a los otros, pero cada uno
sólo se conocía a sí mismo. Sus emociones, recuerdos y sentidos los separaban
de los demás tan nítidamente como el espeso juncal separa la corriente del río
de la ribera cenagosa. Nos mirábamos como los picos montañosos que nos
circundaban, separados por valles, demasiado altos para pasar inadvertidos ,
demasiado bajos para tocar el cielo".
"Me he ido a dormir por un rato
mayor de lo habitual. Llamando Eternidad a ese rato" (Newsweek, 13 de mayo
de 1991, Jerzy Konsinki).